A cero
Tenía 17, era verano, el bañador mojado y estaba solo.
Sentado en un banquito blanco frente a la urbanización. En casa se come a las 3 y aparecer antes supone preguntas que un adolescente no quiere responder.
Lo cierto es que estaba enfadado, triste o una mezcla de ambas. El grupo de todos los veranos se había convertido en un festival con entrada gratuita y las personas con las que siempre contaba ahora contaban culos y tetas. En cambio yo estaba a cero y aunque no podía dejar de pensar en ello, no lo podía decir en alto.
Acabé yéndome de casa de Pedro, bajando por las escaleras y acortando el camino a casa por la urbanización vecina, donde me senté a esperar que dieran las 3.
Al rato de estar sentado allí apareció Carla, una chica que ahora pertenecía al grupo y con la que no había cruzado una palabra desde que me la presentaron el uno de agosto.
—Hola –me saludó.
Llevaba un vestido verde con estampados blancos, un collar de piedrecitas azules que brillaban y llevaba el pelo suelto de un rubio casi blanco que contrastaba con la piel rojiza llena de salitre.
—Hola —contesté.
Inmediatamente bajé la mirada al suelo, como si de esa manera pudiera desaparecer, que del césped surgiera una marabunta de hormigas que me llevaran tierra adentro.
—Te he visto irte, no sabía que vivías aquí —me dijo.
Se fue acercando hasta el banco, llevaba los pies descalzos.
—No vivo aquí, vivo allí —contesté señalando los toldos naranjas de la urbanización contigua —pero siempre atravieso estas casas porque es más corto.
Se sentó a mi lado, sin mirarme. Yo no sabía mirarla tampoco.
Nos quedamos en silencio durante lo que parecieron horas.
Cuando me senté a comer, nadie preguntó nada incómodo, pero no me hubiera importado porque mi mente seguía en aquel banco.
Fue rutina. Una suerte de invisibilidad para el resto. Pasaba las mañanas deseando irme antes, sentarme en el banco y esperar.
Carla fue silencio, luego tímidas palabras que se convirtieron en gritos y risas y que acabaron en susurros y confidencias.
Al acabar el verano seguía contando cero, y así fue un largo tiempo.
Estaba moreno y el bañador estaba en la maleta, seco.



