La chimenea sintética
No sé si es posible, pero desde hace unas semanas pienso mucho en si tener una chimenea cambiaría mi estado de ánimo.
Este invierno, que viendo la primavera que llevo se me antoja muy lejano, me he aficionado a eso de tener la chimenea sintonizada en la televisión.
Es un bucle infinito en el que la llama prende unos troncos incandescentes. Horas y horas en las que no tengo que lidiar con el cambio de leña y me siento cálidamente acompañado por el sonido, sí, digital, pero placentero de las ascuas ardientes.
También tiene la enorme ventaja de que puedo apagarla cuando quiero y que al día siguiente no parece que salgo del Rick’s Café de Casablanca.
Parece que todo son ventajas, pero el calorcito de una buena chimenea es intransferible a través de una pantalla. Tampoco el encenderla y el placer de verla arder por tus propios medios. Ni el tirar notas viejas, revistas olvidadas, servilletas usadas o pactos con el demonio.
Hoy, después de una semana agotadora de paseos por el río y eternas siestas sin despertador he llegado a casa y sin deshacer la maleta he encendido la televisión e inmediatamente he sintonizado mis doce horas de roja chimenea incandescente.
Pero este gesto, por algún motivo, me ha recordado que en verdad vivo en un piso de dudosas medidas en un barrio periférico de la capital desde el que no se ve ni una sola chimenea por los tejados del vecindario.
Y me ha entristecido.
Volver de vacaciones y sintetizar el mundo a través de la pantalla preparándote para la semana que comenzará en un par de días. Yo, que solamente quería procrastinar un poco antes de tender la lavadora y hacer la comida de toda la semana, me he tenido que rendir a la evidencia de que el mundo es cada día un poquito menos real.



