Los barrios nuevos
Pedro se ha comprado una casa en el Cañaveral. Es una de esas ciudades nuevas que se están formando en los alrededores de Madrid. Una ciudad propiamente dicha. Calles anchas, edificios altos. Bares, guarderías, parques y un largo trayecto si quieres ir a cenar a Madrid centro.
Juan vivía en un barrio parecido. Son barrios donde pareces tener de todo, pero que siempre estás como de visita.
Hablando con Pedro, le comentaba que lo que más le gustaba de su nuevo barrio es que tiene amplitud.
Así. Amplitud.
Calles anchas, carril bici, parques. Todo amplio. Grande.
Pero en verano, pensaba Juan, no hay quien salga a la calle. En invierno sopla un viento infernal. En primavera no puedes sentarte en ningún sitio y las terrazas dan a las avenidas gigantes.
Discutían sobre cuál era la mejor forma de diseñar una ciudad.
—Sería mejor diseñar ciudades más compactas.
Decía Juan, idealista siempre.
—Claro, pero entonces no entramos, los precios son imposibles.
Respondía Pedro mientras sacaba del bolsillo las llaves del suv nuevo y las colocaba sobre la mesa de plástico del bar Vientos.
—Yo imagino ciudades más pequeñas, unas cerca de otras, con calles más estrechas, parkings subterráneos y parques con bancos con árboles grandes.
Decía Juan colocándose el mechón de pelo mientras se miraba en el reflejo del cristal.
—Vamos, el barrio Salamanca es solo para adinerados.
—No estoy hablando del barrio Salamanca, amigo. Hablo de barrios más pequeños, compactos, con sombra en las calles, con banquitos para los viejos, con terrazas para los jóvenes y sin tanto padel y pijadas varias que os gustan ahora a los modernos. Que pareces el presidente de la pista —decía en tono jocoso Juan mientras tomaba la taza de café y procuraba no quemarse los labios.
—Joder, amigo. No pensaba que fueras tan elitista.
Pedro se movía incómodo en su silla mientras intentaba estirar un poco las piernas.
—Elitista no. Lo que pasa es que nos condenan a vivir en pisos todos iguales, grises y aislados. Con piscinas que no cubren más que el pecho y con árboles importados en las calles.
—A ti nadie te dice dónde tienes que vivir. Si quieres te puedes ir a Groenlandia a vivir. A ver si allí tienes algo autóctono.
El camarero llegó con la cuenta y un par de caramelos de menta. Pedro, que había propuesto la quedada fue quien quiso pagar, pero Juan se revolvió en su silla y le robó el ticket.
—Pago yo —dijo Juan —que el otro día invitaste a la pista de padel.



