Los domingos aburridos
Y las llamadas personales
El viento sopla fuerte contra las ventanas, desde la terraza se ven las copas de los árboles rabiar unas con otras y la calle anda desierta.
El calor parece haberse extinguido en pos de una tormenta veraniega que todavía no moja, pero que por su negrura parece que lo hará de un momento a otro.
En casa las tareas del fin de semana no dan pie a la relajación ni el ocio distendido. La lavadora compite con el viento por ver quien calla a quién, la nevera languidece triste por sus baldas vacías y en la televisión no echan nada que merezca la pena.
Escribir es una tarea fresca que puede venir bien en estas situaciones, pero la inspiración parece atrapada bajo el yugo del aburrimiento.
De qué hablar cuando nada parece interesante.
Entonces he llamado a Margo.
—Estaba acabando un puzzle de mil piezas.
—¿Desde cuándo te gustan los puzzles? —respondí con sorpresa.
—Desde que lo dejé con Marc. Ahora tengo demasiado tiempo libre en casa. Y es eso o tener un consumo de pantalla de hasta trece horas.
Estuvimos hablando de la vida y de la muerte. Desde hace un par de meses que está sensible con ese tema, su padre se ha pasado los últimos tres meses entrando y saliendo del hospital y la madre ha envejecido varios años en ese proceso.
—Te tengo que dejar —me dijo cortando una conversación sobre las selecciones del mundial —tengo que tender una lavadora.
Ahora me voy a poner a cocinar y estrenaré el set de tuppers que compré la semana pasada. La semana va a comenzar, el calor volverá a apremiar y todavía tengo que aprovechar las velas, que esta noche de tormenta cenaré mirando los rayos proyectándose sobre el cielo de Madrid.
Mientras, abro la galería y busco la foto de la graduación de Margo en la que sus padres sostienen la orla y ella los abraza por detrás, han pasado casi veinte años.
Mañana es lunes.



