Sudoku master
La tercera mañana de agosto, después de dos días completos sin ir a la oficina, el contador de horas marcadas en el teléfono solamente habían aumentado.
¿Cómo puede ser?
Se preguntaba Jony, que pensaba que era adicto al teléfono porque su trabajo le obligaba a estar siempre comunicado.
Ocho horas diarias de teléfono son una barbaridad, se decía.
El recuento era claro. El teléfono no estaba engñándole.
Twitter, instagram, youtube… ahora no caía el email, la web corporativa ni el whatsapp de empresa.
Soy adicto. Pero adicto de verdad.
Borró todas las aplicaciones. Una a una, sin mantener los datos, sin contemplaciones. Una, dos, tres, hasta seis.
El móvil pesa menos ahora, qué ligereza.
En la panadería, mientras espera a que la barra salga del horno, el teléfono en la mano.
Mierda, si no tengo nada que mirar.
Al bolsillo.
Tras mirar el teléfono en hasta ocho ocasiones, Jony decide instalar el sudoku.
Si soy adicto, al menos vamos a ver si podemos hacer algo eficiente, un entrenamiento mental, una lenta progresión a que el teléfono no sea algo negativo y viciante.
Al cuarto día el sudoku echaba humo, cuarenta y ocho niveles desbloqueados, máxima dificultad en menos de seis minutos.
¿Y si me apunto a un torneo?
El día 15 de agosto toca volver a casa, volver a la rutina, al trabajo. Pero ¿qué hay del sudoku?
El tiempo de pantalla de Jony ha bajado. Ahora son apenas dos horas, menos desbloqueos y mucho más foco. El email y el sudoku, las dos únicas aplicaciones instaladas en un teléfono diseñado para estar 24 horas encendido trabajando.
Jony se apunta al campeonato de sudoku de su barrio, gana. Compite a nivel nacional, vuelve a ganar.
La final de Europa es en Roma, gana.
Jony deja el trabajo, deja el email y diseña estrategias nuevas para vencer sudokus más rápido. Ahora compite por todo el mundo y entrena en papel, en pantalla y hasta en sueños, como los ajedrecistas, tiene una cuadrícula en su mente de la que no puede escapar.
Nadie lo sabe, porque nadie sabe nada de sudoku.



