Un olvido
Las acciones que tomamos marcan nuestra vida.
Te reías con diligencia. Estabas contenta y se notaba en tu tono de voz relajado y suave. A cada carcajada te tapabas la boca con las manos tratando de sostener la compostura y no enseñar demasiado los dientes, que siempre dijiste que estaban torcidos. Ese gesto lo heredaste de tu madre y siempre me pareció una protección innecesaria dada tu belleza.
Me gustaba que disfrutaras estando en un ambiente tan lejano a tu zona de confort. Siempre me sorprendes en estas situaciones, porque te vuelves camaleónica y eres capaz de llevar conversaciones con un arte inigualable.
Entonces Miriam dijo algo en lo que tú no estabas de acuerdo. No tanto en el fondo, sino en la forma. Todos tenemos nuestros límites y a veces no son visibles.
Pensé que pasarías de soslayo, tratando de no pisar charcos. En cambio te revolviste, elevaste la cabeza y tu figura se ensanchó. Ganaste presencia de manera instantánea, el aire se congeló por un momento y el silencio quebró la armonía que tanto habíamos tardado en lograr.
—Eso son los políticos, los que nos ponen contra las cuerdas, los que nos enfrentan. El ciudadano de a pie no tiene problemas con ello. –sentenciaste.
Miriam no tardó en devolverte el revés, se enrocó en su versión de los hechos. Todo comenzó a girar en torno a gritos de un lado y de otro de la mesa, de izquierda a derecha, Wimbledom en una mesa llena de platos a medio terminar.
Los demás nos mirábamos sin saber qué hacer. Lo normal, cuando dos familias políticas se juntan es no entrar al trapo. Siempre supimos que tu mecha era demasiado corta, pero estando el ambiente distendido, confiábamos en que no pasaría nada.
Después de esto no volvimos a hablar. Pasaron seis meses, ni una llamada, ni un mensaje.
Pasaron dos años. Tres.
Un día, paseando por Madrid nos vimos. Sé que me viste. Pero no quisiste verme, giraste sobre tus pies y me quedé en mitad de Serrano con los pies fríos y los ojos comenzaron a humedecerse ante la gente que pasaba a mi alrededor sin dejarme espacio para gritar tu nombre.
Lo siento mucho. Porque debí estar de tu lado. Mi inacción no tuvo perdón. Y veo que tampoco estás dispuesta a olvidar, o sí, simplemente no sabes cómo hacerlo.



