Una cuestión de celos
María era la que me sacaba de la biblioteca y me paseaba por Madrid de calle en calle saltando de un bar al siguiente. Soltaba piropos a la gente y luego sonreía mientras se daba la vuelta. Controlaba el tiempo con sus pasos.
Envidiaba su forma de hacer las cosas, sin pensárselo dos veces, como si no quisiera que la espontaneidad se escapara, como si no hubiera otra forma de hacerlo.
Ella era la forma correcta de actuar.
Y cuando se equivocaba, lo decía, sin pesar, sin darle otra vuelta. Eso me enfurecía, me hacía apretar los dientes. Yo, que buscaba la discusión, y ella solamente se giraba y estoy seguro de que sonreía. Un gesto sin burla que me dejaba de pie peleando conmigo mismo.
Siempre tenía novio nuevo y todos intentaban alejarla de mí. Todos menos uno con pendientes, que simplemente me ignoraba cuando estábamos los tres. Yo raramente le presentaba a nadie y casi nunca le enseñaba fotos.
Solamente quería que me sacara a tomar algo, estar cerca y aprenderme de memoria su abrir mucho los ojos cuando le contaba lo del repartidor de pizzas al que conocí de fiesta o el baile del cocodrilo que hizo Juan cuando conoció a Carla.
Después del último verano de carrera comencé a salir con Rita, su hermana. Fue a finales de verano, cuando comenzaba las prácticas en una empresa alemana que no sabía, ni sé ahora, pronunciar. Comenzamos dando paseos por Olavide, en Madrid quedábamos cuatro gatos y solamente dos salíamos de casa a 42 grados, nos resguardábamos en supermercados y bebíamos vino del barato en callejones vacíos a partir de las ocho de la tarde.
Rita tenía una mirada parecida a María, unos gestos similares pero unos andares distintos y sobre todo una sonrisa que jamás hería.
Cuando María volvió de vacaciones intenté quedar con ella varias veces, pero ella siempre me daba largas. Unas veces era porque tenía que ir a recoger unos paquetes, otras porque tenía que cuidar a su abuela.
Llegó octubre antes de poder vernos a solas, pero esta vez fue diferente, me senté con la ilusión de ver una sonrisa que no apareció, unos ojos que no me miraron y unos andares que por primera vez me parecieron dubitativos.
Llevaba unos vaqueros verde kaki y una camiseta blanca con las mangas arrugadas. Al sentarse me dijo que había decidido que no podíamos seguir viéndonos. Sin explicación alguna, se levantó y se fue y yo solamente pude caer de la silla y desaparecer en el baño rojo y sofocante del bar Felix, pagar y vagar por la calle hasta llegar a casa, ocho kilómetros de pies doloridos y enjambre de abejas en el pecho.
Llamé a Rita al llegar a casa y me dijo que vendría a verme, a lo que simplemente respondí que no.
A los pocos años, volví a coincidir con María.
—Qué cambiado estás, te sienta bien la barba —me dijo
Luego se giró y pude ver su sonrisa a pesar de estar ya de espaldas.



